Se fue El Caimán.

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Por Esteban Jaramillo Osorio.

 

Era un buen tipo. Atado al balón, sin dobles discursos, ególatras desplantes, o extravagantes posturas.

Portero con renombre, entrenador apasionado, padre y maestro. Humilde, amistoso, sosegado, no se impuso con groserías; eligió el  sentido común y la decencia. Cuanto del Caimán Sánchez en nuestras mentes futboleras. Por años disfruté de su amistad, incluidas las horas del retiro.

Fueron charlas con recuentos históricos, con anécdotas, sin misterios, sin barreras al conocimiento, compartidas sin la  verborrea demagógica, en respeto a los valores de la competencia y de la vida.

Ni teoremas,  flechas,  rayas,  circulos, o presunciones tácticas. Nada de eso en su mente, como los entrenadores de antes, que dirigían con motivación, sentido común y no se creían unos dioses.

Jugó con los mejores, los históricos del mundial del 62, cuando el futbol organizado daba sus primeros pasos. Pocos de ellos viven, aislados y enfermos; los otros se pierden en el olvido, por la negación de la historia, tan común en el presente.

Grande, atlético. Con su inconfundible gorra para protegerse del sol, de común uso en los porteros del ayer. Ni estridente, con su pinta, ni acrobático en sus acciones. Portero serio, simple. Reabrió el camino a otros mundos, fue y triunfo en Argentina, donde luego brillaron Córdoba y Mondragón.

Condujo figuras, muchas en el olvido, por la escasa difusión de sus hazañas. Como no recordar a Willington Ortiz, a Ernesto Diaz, Pedro Zape, Oswaldo Calero. Boricua Zarate, «el maestro» Arboleda, Umaña, Víctor Campaz o Ponciano Castro, para citar algunos. Les aseguro, fueron los mejores.
Se marchó el caimán. su huella permanecerá imborrable en el futbol colombiano por lo que hizo y lo que dio.

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